Edad reproductiva, por Susanna Tamaro

picMUJER HOY.- 14-MAR-2015

Viví mi juventud los años de oro de la militancia feminista. Aunque no me impliqué de lleno, sí participé de adolescente en muchas sesiones de autoconciencia. Se trataba de reuniones en las que, durante horas y horas, se hablaba con las amigas de cómo los hombres nos habían ido cortando las alas. Como crecí en una familia matriarcal, generalmente tenía poco que decir, ya que, al fin y al cabo, había recibido una educación de corte centroeuropeo mucho más libertaria que la de las chicas de mi edad que habían nacido lejos de Trieste.

Aquellos eran tiempos de furor ideológico, un furor que, a menudo, tomaba un cariz de lo más aburrido. Pero también eran tiempos de una enorme creatividad. Vista desde hoy, dicha creatividad no puede más que despertarnos añoranza. De todas aquellas reuniones, hay una que no he olvidado nunca: aquella en que una compañera de clase confesó que estaba esperando un hijo de su novio.

En esa época, como ya he contado otras veces, quedarse embarazada era un fenómeno bastante frecuente; lo que no era tan común fue la respuesta que nos ofreció la compañera «Voy a tener a este niño». ¿Pero cómo?, nos miramos asombradas. En todas las manifestaciones gritábamos: «Mi cuerpo es mío y yo decido», como una forma de defender nuestro derecho al aborto; y resulta que ella, una de las más fervientes defensoras de la causa, parecía estar dispuesta a traicionar nuestra lucha. «¿Cómo es posible? ¿Lo vas a tener? ¿Estás loca? Vas a tirar tu vida por la borda con solo 16 años». No recuerdo el nombre de esta chica, pero sí –y perfectamente– la expresión radiante de su rostro cuando repuso: «Pero es que yo amo a mi novio. Y también de este niño, al que siento crecer dentro de mí, estoy ya locamente enamorada.»

Me ha venido a la cabeza esta anécdota de hace ya tantos años a raíz de eso en lo que hoy se ha convertido el cuerpo de la mujer. Bien mirado, nuestro cuerpo ya no nos pertenece, sino que es patrimonio, a partes iguales y de un modo cínico y feroz, del mundo consumista (con la imposición, cada vez más imperante, de no envejecer jamás) y de aquel otro de la ciencia y la tecnología aplicadas a la fertilidad.

Las mujeres que no pueden quedarse embarazadas se sienten hoy fracasadas, y de ahí que se vean impelidas cada vez más por la sociedad y los medios de comunicación a recurrir a unas técnicas reproductivas que son las mismas que se emplean en la zootecnia para inseminar a las vacas. En nuestros días, la ‘bovinización’ de las mujeres se ha convertido en un acontecimiento mundial. Lo que nadie dice, sin embargo, es que, con la excusa de favorecer la realización femenina, se vienen cometiendo sobre nuestro cuerpo abusos de todo tipo. Claro que el deseo de tener un hijo es algo importante y hermosísimo, pero deberíamos empezar a preguntarnos, por ejemplo, qué consecuencias se derivan de la aplicación de estas técnicas sobre nuestro cuerpo.

¿Qué efectos secundarios, por ejemplo, puede conllevar el bombardeo hormonal que precede a los intentos de fecundación? Sabemos que las hormonas que andan fuera de control alteran el organismo y, muy a menudo, se corre el riesgo de que se inicie una serie de procesos degenerativos imposibles de dominar.

¿Se les advierte expresamente de estos peligros a las mujeres que deciden someterse a un ciclo de procreación asistida? ¿Se les avisa de a qué van a tener que hacer frente exactamente? Lo dudo. Tengo la sensación de que, tras tantos años de luchas y peleas por defender nuestro cuerpo, hemos dado, de alguna forma, un paso atrás, víctimas de esa tiranía imperante que nos obliga a estar siempre bellas y en edad reproductiva, sea al precio que sea.

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