«He matado a mis hijos»… Elisa y el silencio que dejan cuatro abortos

He matado a mis hijos

«He matado a mis hijos»….. Tiene apenas 30 años y una vida rota. El suyo no es un caso único. Forma parte de una estadística anónima en la que la interrupción de la gestación se banaliza hasta convertirse en método anticonceptivo.

Fuente: ABC.es   Autor: Adrián García Durán   Foto portada: Elisa posa para ABC en la sede de la Asociación Pro Vida de Almendralejo-Tierra de Barros. (A.G)

He matado a mis hijos

A mediados de 2024, Elisa ya no creía tener más opciones. No veía alternativas en el horizonte. Lo había intentado todo, pero la vida no le había dejado de golpear, de una u otra forma. Tenía prevista una cita con el psiquiatra por una depresión profunda y era consciente de que la acabarían ingresando. Sin embargo, casi de casualidad, encontró en internet varios testimonios de mujeres que, como ella, habían abortado. Eso le acabó abriendo las puertas de la Asociación Provida de Almendralejo-Tierra de Barros. No tenía nada que perder y decidió conocerles.

Llegó a su sede nerviosa, sin saber bien a qué se enfrentaba, insegura por creer que podrían juzgarle. Una vez dentro de esa casa antigua de pueblo, de interminables pasillos y techos altos, solo se atrevió a hacer una pregunta: «¿Cuánto tiempo tengo?». Elisa, acostumbrada a las fugaces citas con psicólogos de la sanidad pública, quería saber si tendría tiempo suficiente para contar su historia. «Todo el del mundo», le respondieron. En ese momento, con esa simple respuesta, su vida cambió.

Junto a Elisa, rodeando una mesa camilla, están las ya mencionadas Guadalupe y Cinta, además de Alberto, marido de la segunda y tesorero de la asociación. Cuando ellos hablan de la historia de Elisa, no lo hacen reivindicando una victoria personal. Van mucho más allá. Llevan desde 2009 atendiendo más de 500 casos, solo en la comarca pacense de Tierra de Barros.

Actualmente, acompañan a más de 25 familias. Ofrecen ropa donada, alimentos, orientación legal, acompañamiento a juicios y, sobre todo, tiempo. Guadalupe, la presidenta, repite continuamente que ellos no están «en contra de nadie»: «Estamos a favor de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural». Entiende que la situación post-aborto en la que quedan muchas mujeres es una especie de «violencia de género no reconocida en ningún sitio». Cinta recuerda los muchos casos de mujeres a las que han atendido tras abortar, mientras señala un mural con fotos de las familias que han conocido en el camino: «No remontan durante años, muchas no remontan nunca».

En la asociación dicen sentirse señalados socialmente. Creen que se les apunta con el dedo: «Si lo que Elisa cuenta, lo contase en otro sitio, habría alguien que le diría que los provida le han comido el tarro, cuando lo único que hicimos aquella tarde fue escucharla». Como cuenta Alberto, hay mujeres que han llegado a su sede «en 3 o 4 ocasiones»: «Hemos tenido chicas que han intentado abortar, las hemos ayudado y cuando han vuelto a quedar embarazadas ya ni les ha pasado por la imaginación, han venido a nosotros directamente».

Sola, sin ayudas, sin apoyo

Lo que cuentan los cuatro se resume en un sencillo ejemplo. En la propia entrevista, de hecho. Medina de las Torres está a 50 kilómetros de Almendralejo. Elisa no puede salir de su pueblo si no es por Alberto, el tesorero de la asociación. Ha perdido el coche. No cobra ni un solo euro en ayudas desde el pasado mes de octubre, ella y su hija viven de Cáritas.

Le dieron el alta, según ella, de manera indebida y afronta un juicio, también de la mano y con el apoyo de la asociación: «Ellos me han dado una fuerza que no se puede explicar con palabras». Admite que llegó a pensar en el suicidio, pero ha conseguido, poco a poco, empezar a mirar al futuro. Emocionada, reconoce que su destino habría sido otro de no conocer la asociación:

«Si no les hubiera conocido, no estaría viva».

En Medina de las Torres, apenas viven unos 1.300 vecinos. Nadie -o casi nadie- conocía la historia de Elisa. Nadie sabía nada de los abortos. Y, los pocos que lo sabían, no llegaron nunca a comprenderla del todo: «Te preguntan si piensas estar así toda la vida. No entienden que quienes abortamos no somos personas normales. Yo he matado a mis hijos. ¿Cómo te recuperas de eso?». Es difícil ver o imaginar, lo que transmiten unos ojos, lo que transmite una mirada perdida y llena de dolor, que quiere mirar, al fin, al horizonte. Con un corazón «hecho añicos», pero, ahora, sostenido por más manos que nunca. Un corazón que, por encima de todo, vive.

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