El Servicio de Salud gallego, a pesar de los «recortes», da prioridad a la práctica de abortos en sus hospitales.

Carolina Crespo Fernández

15/03/2017 farodevigo.es

Los recortes en el sistema sanitario se perciben como especialmente dolorosos, pues la salud es lo más importante para todos. Estos días leemos en la prensa la indignante y vergonzosa noticia de que el hospital Álvaro Cunqueiro se ha convertido en pionero en Galicia en la práctica de abortos, vendiéndonos como un gran logro que es el único centro del Sergas en el que se practican abortos a partir de la semana 22 de gestación. Mientras que son cientos las personas -ya convertidas por el sistema en códigos numéricos- que tienen que esperar largos períodos de tiempo para someterse a pruebas -en ocasiones de urgencia vital-, mientras que no hay el suficiente personal sanitario necesario para que el hospital funcione de manera organizada, mientras que la calidad de la comida es pésima, el furor homicida de nuestros políticos y de algún personal sanitario sigue galopando a sus anchas. La degradación moral de los médicos que inducen o realizan abortos tiene su precedente en el decreto hitleriano que aumentaba el salario a los profesionales de la Medicina que exterminaban de forma rápida y mecanizada a millones de personas. Por mucho que un aborto lo realice un médico, esto no lo convierte en un acto «científico», sino que sigue siendo la mayor expresión de la barbarie. ¿Cómo pueden los médicos abortistas asumir que la eliminación de la vida de seres humanos constituye el norte de su vocación? ¿Cómo es posible decir que la nueva actividad del hospital Álvaro Cunqueiro está a la vanguardia? Apoyar la muerte de un ser humano indefenso, porque se la han cortado con la susodicha vanguardia del progresismo y por la retaguardia del miedo de la mujer embarazada que no tiene ningún apoyo ante un embarazo, es uno de los actos más retrógrados y reaccionarios. Matar no es moderno, matar es muy antiguo. Empujar a una mujer al aborto, abriéndole las puertas ya no solo de los abortorios privados sino también de los hospitales públicos es muy cobarde.

Utilizar el sistema sanitario para matar a los seres humanos no nacidos es una perversión de la Medicina, cuya misión debe ser la de remediar el dolor y salvar vidas, y nunca eliminarlas. Desgraciadamente, bajo el amparo de la injusta ley, matar a un nasciturus ya no es un homicidio, sino que se convierte en un acto médico, en una prestación sanitaria. La ley al servicio de los caprichos del poder y secundada por la complicidad de algunos médicos.

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