El médico que salvó a 36 ancianos con la colchicina

(ref larazon.es)

26 de agosto de 2020, verano de pandemia mundial. La residencia privada de Cinca en Fraga (Huesca), que había aguantado el tirón desde marzo, finalmente cae. Se genera un brote y hay 65 personas contagiadas; 38 de sus 42 ancianos residentes y 15 de sus 23 trabajadores. Hay preocupación, hay inquietud y hay miedo. Lo que no hay es tiempo.

El doctor Trías Mundet, médico de la residencia, intenta conseguir un medicamento que ya se está utilizado para tratar el Covid-19, hidroxicloroquina, pero es imposible. Se encuentra agotado y «requisado por el Gobierno». Ante la falta de medios, apuesta por administrarles una pastilla de colchicina (0,5 mg) cada día, junto con un antibiótico, la azitromicina. Por supuesto, todo esto de forma previa a que este medicamento milenario estuviera en boca de todos por el gran estudio que se ha conocido la semana pasada (realizado con 4.400 pacientes en seis países distintos) y que ha demostrado, entre otras cosas que sus efectos reducen hasta un 25% las hospitalizaciones por coronavirus.

¿Resultado? Solo dos ancianos necesitan ser hospitalizados y finalmente fallecen. Los demás lo pasan sin darse cuenta.

«La gente está en su derecho de criticarme y preguntarse cómo pude administrar aquel medicamento cuando no estaba aprobado para ese uso. Les diría que cuando trabajas en lugares como África y no tienes nada, usas lo que hay y lo haces con buena fe. Te encuentras en la situación de que tienes que salvar vidas y lo intentas», defiende el doctor Trías. Este lucroniense de 67 años sabe bien de lo que habla, pues todos los veranos aprovecha sus vacaciones para viajar a África junto a su mujer, también médico, y «echar una mano en lo que se pueda. Tal vez por eso estoy acostumbrado a trabajar improvisando, bajo presión y con pocos medios», admite.

Un gran susto

Jorge, familiar de una de las residentes, sigue recordando aquel mes de agosto del pasado año con toda la agonía que supuso: «Mi madre es una persona con muchas enfermedades crónicas ya. Cáncer, neumonías pulmonares… Enterarnos del brote fue un gran susto. Sin embargo, pasó el virus sin ningún síntoma. Hemos tenido mucha suerte, tanto con los empleados, que no abandonaron a los ancianos en ningún momento, como con el doctor Trías. Si no hubiera sido por ellos… la situación hubiera sido realmente dramática. Siempre actuó por anticipado, con prudencia y sentido común. En primer lugar, cuando tomó la decisión, ya antes de la cuarentena de marzo, de cerrar el centro y establecer un protocolo para empleados. Y, en segundo lugar, cuando decidió administrar el tratamiento», defiende Jorge. Pilar, una de las trabajadoras del centro, señala que el doctor desde el principio estuvo 24 horas a su disposición, de día o de noche. «Él establecía las pautas y nos proporcionó la medicación que había que administrar», asegura.

Javier confiesa que, ya desde el inicio de la pandemia, venía siguiendo y estando al corriente de que era lo que se estaba utilizando. «Lo primero era administrar algo que no hiciese daño. Yo ya había usado antes este fármaco con gente mayor y nunca me había dado problemas. A dosis pequeñas, se usa como antiinflamatorio en enfermedades reumáticas, tiene pocos efectos secundarios y se puede aplicar a personas que tengan diversas patologías (diabetes, insuficiencia cardíaca…). Además, es muy barato: un tratamiento de un mes de duración, son tres euros», afirma.

Exceso de defensas

Nos explica que, a nivel general, los contagiados por coronavirus mueren por un exceso de defensas contra el virus que provoca una inflamación general que hace que se encharquen los pulmones. «En casos muy graves se dan más cosas, pero para los leves la colchicina iba bien. Asimismo, si podíamos convertir los casos en leves y reducir las hospitalizaciones, seguro que nos lo agradecían. Muchos compañeros me decían que cuando caía una residencia se llenaban las unidades de cuidados intensivos. Controlarlo era bueno tanto para la salud de ellos como para el bienestar de todos», relata Trías.

Eso sí, el doctor es crítico y no le tiembla la voz: «Si tuviéramos que haber esperado a que las instancias de salud pública dijeran lo que se recomendaba, se habrían producido más muertes. Hemos estado muy solos. Esto ha sido un sálvese quien pueda. Las autoridades y los políticos lo han hecho bastante mal». Javier se queja, sobre todo, de la falta de información. «Siempre ha llegado, mal, tarde y a veces nunca», protesta.

Las historias de los abuelos

Hoy, el ambiente de la residencia Cinca es muy distinto del que había en aquellas fechas. Javier acaba de administrar a todos los residentes y trabajadores del centro la segunda dosis de la vacuna contra la Covid-19 y se respira esperanza y sosiego. El doctor se ha sentado a escuchar un rato, ya por décima vez, las historietas de uno de «sus abuelitos». Confiesa que le gusta su relación con los pacientes. «Para mí, ponerles la mano en el hombro y escucharlos no es perder tiempo, es ganarlo. Sin esa parte humana y ese calor, raramente funciona bien la química de los medicamentos. Por lo menos así lo aprendí yo en África. Es lo que hacemos y a veces lo único que nos queda», cuenta.

Es un médico de la vieja escuela, pero si algo abunda en su interior, además de años de experiencia, es un gran calor humano. La frase que le ha acompañado desde el inicio de su actividad profesional, cuando comenzó la carrera de Medicina en la Universidad, lo delata: «El médico cura pocas veces, calma unas cuantas, pero consuela siempre. Esto último es lo único que podemos hacer con seguridad y al completo. A veces aliviamos el dolor. Curar del todo, pocas veces, pero el consuelo debería estar siempre en nuestra mano», sostiene.

Meses sin salir

A raíz de esto último y «hablando de consolar», ruega una modificación de la normativa de salud pública: «Los abuelitos de esta residencia llevan sin salir desde el inicio de la pandemia. Ahora que están todos vacunados y, además, ya han pasado el virus, deberían dejarles salir a dar un paseo. Al menos uno. Llevan mucho tiempo encerrados», pide.

Antes de despedirnos de él, remarca con énfasis que no es ningún héroe y que salvar vidas forma parte de su trabajo como médico. «Ojalá fuese así siempre. Sé que vende más un asesino que un héroe anónimo, pero yo no quiero hablar de eso. Quiero explicar que, como yo, hubo otros compañeros. Por ejemplo, el doctor Pina también usó este medicamento. Hay otra gente que quizás nunca se conozca y nadie les llegue a nombrar. Son más de los que parece».

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