El hartazgo de los intelectuales de EE.UU. ante la dictadura del pensamiento único de la izquierda

(Ref abc.es)

«Esta idea de la pureza, de nunca ceder y de estar siempre políticamente »woke»… Eso hay que superarlo rápido. El mundo es complicado, hay ambigüedades«. El término »woke» -algo así como estar alerta de las cosas que importan- es jerga afroamericana que en la última década se ha generalizado en referencia a ser activo y consciente sobre los asuntos de justicia racial y social. La cita es de noviembre del año pasado y quien lanzaba el ataque contra los talibanes »woke» no era ningún retrógrado en cuestiones raciales. Era Barack Obama.

«Hay un peligro, particularmente entre jóvenes y en las universidades: la idea de que para lograr cambios hay que ser moralizante con otra gente y eso basta», continuaba el primer presidente negro de EE.UU. «Eso no es ser activista y eso no produce cambios. Si todo lo que quieres es apedrear a alguien no vas a llegar muy lejos».

Para entonces, la dictadura del pensamiento único en los sectores izquierdistas de EE.UU. había ganado mucho terreno, en especial en las universidades y en los medios. La reacción a la muerte de George Floyd en Mineápolis el pasado mayo -el último episodio de abusos policiales a la minoría negra- ha agitado todavía más las aguas. En las protestas multitudinarias en todo el país contra esos abusos y contra el racismo estructural han acabado por imponerse las exigencias más radicales, como los recortes presupuestarios a los cuerpos de policía, o, incluso, su abolición. De exigir la retirada de estatuas de militares confederados -los del bando que peleó a favor de mantener la esclavitud en la Guerra Civil americana-, se ha pasado a aceptar o promover el vandalismo de monumentos de todo tipo -de Ulysses Grant a Cristóbal Colón, de Thomas Jefferson a Fray Junípero Serra- y a un revisionismo histórico de cualquier figura -por su persona o por sus hechos- que se aleje de la ideología predominante en 2020. Las instituciones -de museos a universidades, de fundaciones a grandes compañías- sienten la presión para que emitan comunicados condenatorios que estén a la altura. En la opinión pública y en las redes sociales, se ataca al que se mueve en la foto. Y quienes encuadran son los más »woke», un término que se ha desgastado hasta convertirse en irónico.

Esta semana, un grupo de intelectuales, académicos, escritores, periodistas y músicos han protagonizado una revuelta contra esta dictadura del pensamiento único: han firmado una carta abierta en la prestigiosa revista «Harper’s» en la que combaten el «clima intolerante» que se ha instalado en EE.UU. La mayoría de los firmantes pertenecen a corrientes progresistas, pero son un grupo heterogéneo: hay izquierdistas como Noam Chomsky y neoconservadores como Francis Fukuyama; autores de éxito como Salman Rushdie, JK Rowling o Margaret Atwood y algunos menos conocidos, como Adam Hochschild; están la leyenda del jazz Wynton Marsalis, el coreógrafo Bill T. Jones, la feminista célebre Gloria Steinem; suscriben pesos pesados del periodismo estadounidense como George Packer o David Frum; y, con todos ellos, hasta cerca de 150 nombres. Son blancos, negros, hispanos, cristianos, judíos, musulmanes, más y menos jóvenes. Su atrevimiento ha sido recibido por algunos, como era previsible, con ferocidad.

Los autores reconocen que las exigencias de reforma policial y de mayor igualdad e inclusión en todos los ámbitos de la sociedad son necesarias y llegan tarde. El problema advierten, es que el «despertar» que ha vivido EE.UU. con las protestas por Floyd se ha acompañado de un «nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica» y ha acabado en una «forma propia de dogma y coerción».

«El intercambio libre de información e ideas, la savia de la sociedad liberal, está cada día más constreñido», que favorece el «escarnio público» y el «ostracismo» y que resuelve las ideas complejas con una «certidumbre moral ciega».

Los ejemplos en EE.UU. en los últimos tiempos son abundantes. El jefe de opinión de «The New York Times», James Bennet, tuvo que dejar el periódico por publicar una columna de opinión de un senador republicano que llamaba a una respuesta militar a las protestas violentas. El presidente y el presidente del consejo de la Poetry Foundation dimitieron después de una carta abierta de 1.800 personas que criticaban que el comunicado de respuesta de la institución a la muerte de Floyd era demasiado tibio. Algo similar ocurrió en el Círculo Nacional de Críticos Literarios. Un analista político perdió su trabajo por compartir en Twitter un estudio de un profesor de Princeton que mostraba que los incidentes raciales violentos en la década de 1960 tuvieron como consecuencia pérdida de voto al partido demócrata. El verano pasado, un profesor de la New School -una universidad de Nueva York- fue investigado por decir un término despectivo de la minoría negra al citar un texto del poeta negro James Baldwin (una alumna le dijo que bajo ninguna circunstancia, y eso incluye el ámbito académico, una persona blanca podía pronunciar esa palabra).

«Con independencia de las razones en cada incidente, el resultado es una mayor limitación de lo que se puede decir sin la amenaza de la represalia», dice la carta, que defiende que «la forma de derrotar a las malas ideas es exposición, razonamiento y persuasión, no tratando de silenciarlas o de que desaparezcan».

«Nos negamos a la falsa elección entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra», concluyen los firmantes. «Necesitamos una cultura en la que haya sitio para la experimentación, el riesgo e incluso los errores».

La carta provocó un escándalo en redes sociales, con abundantes críticas a los firmantes, a los que se les acusa de ser un grupo de privilegiados que no tienen problemas para que sus voces sean escuchadas o de firmar junto a gente que no son aliados de la causa. Una de las críticas más duras fue la de Emily VanDerWerff, una colaboradora transgénero del medio Vox. Escribió y publicó en Twitter una carta a sus editores en la que criticaba a un compañero, Matt Yglesias, por firmar la carta junto a «importantes voces anti-trans» (se refería, al parecer, a Rowling) y con «alusiones veladas» en contra de la causa transgénero (no está claro a qué se refería). «Su firma me hace sentir menos segura en Vox», dijo, y, aunque aseguró que no quería que se le despidiera, añadió: «Quiero que quede claro que esas creencias le salen gratis». Otros dijeron que los firmantes eran «totalitarios a la espera», «mala gente». Dos firmantes, ante la presión, se han retractado. La reacción furibunda a la carta explica, mejor que nada, el por qué de la misiva.

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